Jul/Ago 2017  |  Núm. 26






Mtra. Ma. Teresa Gutiérrez Alanis1

Ángulos del Fraude

Reflexiones sobre un mundo confundido entre lo público, lo privado, lo relativo y el espectáculo

Es inevitable que ante la sorpresa de los eventos cotidianos, califiquemos de inéditos algunos de ellos como la expresión violenta de jóvenes ociosos, las mentiras flagrantes del presidente del país más poderoso del mundo o la exhibición en directo de un acto suicida. El tiempo actual determina un estilo de vida posmoderna, condicionada por influencias emergentes, como la decadencia de las instituciones tradicionales, la penetración de las nuevas tecnologías, las redes sociales, la necesidad imperiosa por ser famoso y el relativismo moral e intelectual que hoy dictan el comportamiento colectivo y han modificado su lenguaje. Es algo ya tan arraigado que nos hace pensar, erróneamente, que siempre ha sido así y lo cierto es que no hace tanto tiempo atrás vivíamos sin el yugo de lo tecnológico y sin exponer la vida privada tan impúdicamente, aun cuando pudiéramos desear hacerlo.

La internet tiene más de 50 años de existencia, como se sabe, fue inicialmente creada con fines militares en los años 60’s y a partir de los 90’s se generalizó su uso a la población general, pero es hasta 2003, con su transformación en la web 2.0, cuando se democratizó. Dado que todos podemos ser generadores de información, nació entonces la era del aprendizaje colaborativo, de las comunidades de aprendizaje y de la inteligencia colectiva, donde las wikis son el ejemplo más preciso, es una cultura digital que llegó para quedarse. La Web 2.0 es un concepto creado en 2003 que se refiere al fenómeno social surgido a partir del desarrollo de diversas aplicaciones en Internet, distingue entre la primera época de la Web (donde el usuario era básicamente un sujeto pasivo que recibía la información o la publicaba, sin que existieran demasiadas posibilidades para que se generara la interacción) y la revolución que supuso el auge de los blogs, las redes sociales y otras herramientas relacionadas (Almazán, 2002).

Un punto de inflexión fue la creación de las redes sociales, como Facebook en 2004, pues con esto se dispara un nuevo arreglo en las relaciones humanas, amorosas, comerciales y hasta delincuenciales. Un mundo de celebridades anónimas, donde se vive hacia afuera, donde se muestran al mundo las pretensiones, las imágenes retocadas y las aspiraciones que nunca serán alcanzadas. Es este nuevo acomodo en las reglas de socialización que le lleva a pensar a un perfecto desconocido que es relevante que todos sepan qué fue lo que se desayunó hoy, o si se siente bendecido.

Sin embargo, esta necesidad imperiosa de ser público, no es un fenómeno nuevo y generado por la tecnología, es casi inherente al ser humano la necesidad de ser reconocido y admirado, sólo que hoy está potenciado tanto por las redes sociales como por la conformación de un mundo globalizado, pero se asienta sobre una aspiración humana añeja, casi eterna. Es la persona pues, no la herramienta, quien hoy refleja su vanidad de siempre en un espejo global que amplifica, corrige y destaca sus virtudes, muchas veces falsas, siempre compensatorias de carencias reales y parece ser que esta conducta exhibicionista no es una desviación individual sino el producto de la sociedad en que vivimos y de sus reglas.

Medio siglo atrás, en 1967 el filósofo Guy Debord describió en el libro La sociedad del espectáculo (2005) esta característica tan humana de querer mostrarse como una respuesta frente a un mundo consumista, donde se sustituye lo real por la imagen. En su libro describe una sociedad moderna en la que "Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación". El autor plantea que la historia de la vida social se puede entender como “la declinación de ser en tener, y de tener en un simplemente parecer”. Es esta condición en la cual la vida social auténtica se ha sustituido por su imagen representada, según Debord, que "el momento histórico en el cual la mercancía completa su colonización de la vida social". El espectáculo, entonces es la imagen invertida de la sociedad en la cual las relaciones entre mercancías han suplantado relaciones entre la gente, en quienes la identificación pasiva con el espectáculo suplanta la actividad genuina. "El espectáculo no es una colección de imágenes", Debord escribe, "en cambio, es una relación social entre la gente que es mediada por imágenes". La crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida; como una negación de la vida que se ha hecho visible”. Estas afirmaciones muestran cómo esta imbricado en nuestro ser social la necesidad de esta expresión pública que nos reconozca y valide en la sociedad, como un producto más. Hoy que hay sustitutos para todo lo comestible, amable, disfrutable, vivible, aplica la afirmación de que los hechos sean cambiados por imágenes, por gestos, por sus símiles, así simplemente dejamos de vivir para soñar. De igual manera, en los años 70’s el artista plástico Andy Warhol, ya nos decía que vivimos por tener nuestros quince minutos de fama porque lo damos todo por ser vistos, destacados y reconocidos. Suena premonitorio del actual poder de los medios de comunicación, de las redes sociales, de los reality shows y del poder adquirido por influencers, youtubers y bloggeros que quince minutos atrás eran unos perfectos desconocidos.

Así, entre la profusión de información mediática, la vanidad exaltada que se exhibe en las publicaciones de los famosos anónimos, es frecuente que se nos dificulte distinguir entre verdad y ficción, entre lo público y lo privado, entre lo virtual y lo real, lo falso y lo verdadero, pues los límites son difusos y cambiantes por las fuerzas del relativismo posmoderno, entre otras influencias adicionales a lo tecnológico. El relativismo es el concepto que sostiene que los puntos de vista no tienen verdad ni validez universal, sino que sólo poseen una validez subjetiva y relativa a los diferentes marcos de referencia; es lo opuesto al objetivismo que sostiene que la verdad es independiente de las personas o grupos que la piensan, o en una forma lógicamente menos restrictiva, afirma que existen algunos hechos objetivos en los que existe acuerdo universal, según el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano (1992). Para los fenómenos psicosociales se reconocen tres formas básicas de relativismo: cognitivo, moral y cultural.

El relativismo cognitivo con que evaluamos e interpretamos lo que vivimos está conformado por los llamados sesgos o prejuicios cognitivos que son un efecto psicológico que produce una desviación en el procesamiento de lo percibido, lo que lleva a una distorsión, juicio inexacto, interpretación ilógica, o lo que se llama en términos generales irracionalidad, que se da sobre la base de la interpretación de la información disponible, aunque los datos no sean lógicos o no estén relacionados entre sí. (Baron, 2007). Los sesgos sociales se denominan generalmente sesgos atribucionales pues afectan a nuestras interacciones sociales de cada día, también están presentes en la probabilidad y toma de decisiones. El fenómeno atributivo es un concepto fundamental para entender que, no es tanto la conducta la que genera el conflicto interpersonal o intergrupal, sino las distintas interpretaciones que de la misma conducta hacen el actor y el observador (Echebarria, 1994).

El sesgo cognitivo, es uno de tantos mecanismos de ahorro de energía que usa el cerebro y surge como necesidad evolutiva para la emisión inmediata de juicios que utiliza nuestro cerebro para asumir una posición rápida ante ciertos estímulos, problemas o situaciones, que debido a la incapacidad de procesar toda la información disponible se filtra de forma selectiva o subjetiva. Es predecible el alto riesgo de error, incluso graves, pero en determinados contextos conducen a acciones más eficaces o permiten adoptar decisiones más rápidas cuando la inmediatez es el mayor valor.

Tversky y Kahneman han demostrado que en las intuiciones de las personas sobre la probabilidad de los hechos se producen sesgos, como la falacia de la ley de los pequeños números, el sesgo de conjunción y otros; en los casos de incertidumbre, se presenta la teoría de las expectativas y el sesgo sobre confianza (citado en Cortada de Kohan, 2008). Sesgos como el juicio intuitivo o la familiaridad aumentan la probabilidad de dar una respuesta afectiva pues las impresiones afectivas son accesibles y proporcionan una base más fácil para las decisiones que una evaluación cognitiva deliberada de cada opción (Cortada de Kohan, 2008). Junto con los sesgos cognitivos, los sesgos morales y culturales son el vehículo perfecto para que “se pueda todo” y “se valga todo” en un mundo relativo a modo del que habla. Los detractores del relativismo afirman la necesidad de asumir la existencia de verdades reales, objetivas, válidas para toda cultura, claro, que lo opuesto al relativismo es el positivismo o cientificismo (Vázquez et al., 2001).

A la cosificación de la imagen personal como mercancía, a la influencia de la tecnología y sus códigos emergentes de conducta y al relativismo cognitivo, moral y cultural, se suma un narcisismo primario característico de una sociedad de sujetos aislados y antagónicos entre sí, que persiguen sus intereses individuales exclusivamente. Al respecto, el sociólogo Zigmunt Bauman describió en su libro Modernidad liquida (2000), este momento decadente de la historia de la humanidad, donde es posible perder el contacto humano directo y cambiarlo por un contacto mediado por un dispositivo móvil, generando relaciones insatisfactorias, fake relationships tal como los medios masivos producen las fake news. Explica que eventos como la migración, la precarización de la clase media, la lucha de clases sustituida por la lucha de individuos contra la sociedad, nos instala en un momento de transición donde las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo y el matrimonio para toda la vida, se han desvanecido. Y han dado paso a un mundo más precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador. La modernidad líquida implica que “hoy la mayor preocupación de nuestra vida social e individual es cómo prevenir que las cosas se queden fijas, que sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro”. “Todo es efímero y desechable lo mismo los objetos materiales que las relaciones con la gente, y también con la propia relación que tenemos con nosotros mismos, cómo nos evaluamos, qué imagen tenemos de nuestra persona, qué ambición permitimos que nos guíe”. Para el autor una situación líquida es una situación de perpetua inestabilidad que tiene efectos sobre la identidad. Paradójicamente, “en la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca antes, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento de la historia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente”. Adicional a lo planteado en su libro, Bauman, en una entrevista, criticaba el papel de las redes sociales y su activismo de sofá (diario El País, 2015) y explicaba que en las redes sociales temas como la identidad son dudosos, pues pasó de ser algo dado a una tarea por realizar, pues “cada individuo tiene que crear su propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia. En relación con lo anterior, Mario Vargas Llosa, al ser entrevistado con motivo de la publicación de su libro La civilización del espectáculo el 28 febrero 2009 por Claudio Pérez, del diario El País, se refiere a “un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal, pero se tienen consecuencias como la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y, en el campo específico de la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo”. Destaca que:

un factor para la forja de la civilización del espectáculo ha sido la democratización de la cultura… La literatura light, como el cine light y el arte light, da la impresión cómoda al lector, y al espectador, de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.

Es lamentable que las relaciones sociales mediadas por la tecnología, hayan generado la inhabilidad para relacionarnos maduramente, para soportar la frustración, la incertidumbre y el malestar que puede generar una relación humana, pues somos incapaces de soportar la libertad del otro y respetar sus necesidades.

Por último, el planteamiento de la existencia de una persona atrás de la tecnología, del usuario al centro y no el dispositivo, pretende responsabilizar a cada cual del uso inadecuado, grotesco, sin límites razonables que hace. Criticando la justificación falsa de que es el medio tecnológico, que le permite exhibirse descarada y anónimamente, lo que motiva las aberraciones actuales, sino enfatizar la responsabilidad personal frente a ello, para elegir y afrontar las consecuencias de nuestros actos, decisiones y palabras como antes, como siempre, sin el escaparate mediático tecnológico.

 

Referencias

Abbagnano, N. (1992) Diccionario de Filosofía. Ed. FCE, México. ISBN 968-16-1189-6.

Baron, J. (2007). Thinking and deciding. Nueva York: Cambridge University Press.

Bauman, Z. (2000) Modernidad Liquida. FCE, México.

Bauman, Z. (2015) “Las redes sociales son una trampa”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/30/babelia/1451504427_675885.html

Cabero Almenara, Julio (2002) Utilización de recursos y medios en los procesos de enseñanza-aprendizaje. En Almazán, L. Enseñanza, profesores y centros educativos, Jaén, Universidad de Jaén, pp. 55-76. ISBN84-95233-34-7.

Cortada de Kohan, Nuria; (2008). Los sesgos cognitivos en la toma de decisiones. International Journal of Psychological Research, pp. 68-73. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=299023503010

Debord, G. (2005) LA SOCIEDAD DEL ESPECTACULO (2ª ED.). Ed. Pre-textos, Barcelona, España. ISBN: 9788481914429.

Echebarría, A. (1994) Sesgos atribucionales. En J.F. Morales (Coord.), Psicología Social. Madrid: McGraw-Hill. pp. 253 -268.

Vázquez A. et al. (2001) CUATRO PARADIGMAS BÁSICOS SOBRE LA NATURALEZA DE LA CIENCIA Argumentos de Razón Técnica. N• 4. pp. 135-176.

 


1 Especialización en Salud Organizacional y del Trabajo. Facultad de Psicología, UNAM.



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