May/Jun 2016  |  Núm. 19




Dra. Muna D. Buchahin

CFE, CGAP, CRMA, CFI
mdbuchahin@acfe-mexico.com.mx

En esta edición

De la integridad y las leyes

Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros.
Groucho Marx


Quisiera haber iniciado este artículo con la buena noticia de que en México se habría aprobado la legislación que daba vida al Sistema Nacional Anticorrupción, como un paso inicial para atender los graves problemas sistémicos que nos preocupan y ocupan: impunidad, corrupción y acceso a la justicia, temas que afectan a una gran mayoría de ciudadanos.

Me reanimó, en parte, el hecho de saber que es una falacia pensar que la simple promulgación de las leyes por sí misma provocaría un cambio de conducta positivo en la actuación de todas las personas que tienen proclividad a cometer actos delictivos o fraudulentos. Nada más lejano de la realidad.

Los fraudes y las prácticas ilícitas no tendrán cabida frente a un compromiso ético de cumplir con las leyes y propiciar el desarrollo individual y colectivo. Cuando la sensación de que hacer algo que atente contra la dignidad y la integridad de las personas nos genere la percepción de que será descubierto y sancionado, puede suceder que sus valores superen a la tentación de cometer un acto de fraude o corrupción.

Hace muchos años aprendí que la justicia es hija del amor, y el amor implica, entre otras cosas, empatía, compasión, solidaridad, respeto, honestidad y coherencia con nuestros valores; conlleva por sí mismo, en nuestras relaciones personales y profesionales cotidianas, el deber de confrontar dilemas éticos y la importancia de reflexionar como cada quien los enfrentamos de acuerdo a como somos y pensamos. Por ello, la importancia de la ética y de la integridad. Fernando Savater nos invita a reflexionar si sólo vamos a ser éticos con unos pocos pero no con otros: a los de afuera, sí les miento y dejo los “valores” para la familia. Es fácil tener una pauta moral para un pequeño grupo, lo difícil es extenderla.

La integridad es la cualidad de poseer y adherirse firmemente a altos principios morales o estándares profesionales. Es un modo de vida de los individuos y de las organizaciones que se vive y se ejemplifica, que permea en nuestro entorno personal y laboral. Por tanto, la conducta esperada de todos los que conforman una organización no solo se debe establecer en manuales, códigos, políticas y lineamientos, sino difundirla y extenderla. Aquí juega un papel fundamental una sólida cultura organizacional, porque finalmente son los individuos quienes las integran y le dan vida.

Hay que educar para acostumbrarnos a tener razones humanas que lleven a cabo determinadas acciones, es decir, despertar los sentimientos de amor, de justicia y morales en las personas hasta que se apropien de ellos y de sus propios valores. La vida de quienes conformamos las instituciones públicas o privadas, académicas o de cualquier otra índole nos lleva indubitablemente a enfrentar dilemas éticos, ante ello, la pregunta que debemos hacer es si la organización está alineada y preparada para tomar las mejores decisiones éticas, aquí viene un aspecto por demás importante: la cultura organizacional.

Las empresas que se han preocupado en la promoción y fortalecimiento de un programa de integridad han observado una mejora notoria en sus resultados: menor rotación de personal, mayor productividad, generación de mayores rendimientos, se propician incentivos para mejorar la calidad de vida de sus integrantes y la satisfacción del personal, que se ve reflejada en el campo laboral y el ámbito familiar. Esto propiciaría, en un intento de la organización, mayor creatividad y un compromiso de lealtad institucional para revelar, discutir o denunciar cualquier hecho que se considere irregular, no sólo con la intención de cuidar su trabajo, sino para cumplir cabalmente con sus principios y valores personales.

Privilegiar las relaciones comerciales serias y honestas, dejar las transacciones de negocios con clientes cuya honorabilidad profesional está en serias dudas, aun cuando se deje escapar un gran negocio, es una de las políticas de integridad estrictas que las empresas aplican, pues, prefieren ganar reputación y promover el ejemplo tanto al interior como al exterior con proveedores y demás terceros, provocando a los empleados y funcionarios a cumplir con un papel proactivo y denunciar cualquier intención o posible acto deshonesto que conozcan. La coordinación es un factor clave.

En cambio, las estructuras opacas se vuelven facilitadoras de la corrupción porque el mensaje de la alta dirección permea vertical y horizontalmente, propicia la falta de credibilidad en la institución y opera un efecto negativo en el ánimo de quienes la conforman: desinterés, justificación para cometer un acto fraudulento, baja productividad, escasa o nula creatividad, menor eficiencia, mayor regulación, más problemas de corrupción.

En las condiciones actuales, considero que las organizaciones deben priorizar la promoción de las mejores prácticas para instaurar un programa intensivo de fortalecimiento a la integridad, acompañado de la especialización del personal con las competencias apropiadas al perfil de áreas vinculadas a la detección y prevención de fraudes. En este contexto, tiene un gran campo de oportunidad un Examinador de Fraudes Certificado CFE, que puede apoyar a la organización desde varias aristas dado su perfil profesional que integra las áreas de prevención, detección e investigación de fraudes, con sólidos conocimientos de gobierno corporativo. Casi podría decir que debería ser obligatorio contar con una certificación internacional que pueda asegurar un valor agregado a la organización, al confiar en un experto la implementación y supervisión de actividades antifraude.

La alta dirección tiene un rol preponderante en asegurar un programa de sensibilización sobre integridad, pero también de ejemplificar las pautas éticas que rigen a la organización; entre las acciones, se sugiere:

La difusión mediante videos, cápsulas informativas, tableros, mensajes en computadoras, es decir, coadyuvar a la adopción de los valores en su desempeño profesional.

Construir credibilidad es un elemento indispensable para apuntalar las pautas de honestidad esperadas, que deben ser claras, documentadas y, sobre todo, divulgadas permanentemente.

Hay que restaurar la confianza en las instituciones y no es tarea fácil, ya que es una acción que debe ser impulsada por todos los sectores de la sociedad; hasta entonces, se percibirán los cambios. De nada sirve que se firmen convenios y se realicen grandes acuerdos si en la realidad no operan. Eso también es corrupción, obstaculizar la información y la ayuda que puede permitir acotar actos delictivos.

Promover un entorno de integridad requiere invertir en mejorar los recursos humanos. Elegir ser corruptos es un modelo psicosocial, por tanto, está en manos de las organizaciones e instituciones públicas, privadas y académicas generar programas e incentivos que inviten a actuar con principios sólidos.

Impulsar la denuncia, adelgazar procesos, integrar programas de educación especializados en fomentar la integridad y la investigación forense. Esto es capacitar a la organización en estos grandes temas, alinear y actualizar permanentemente su plan antifraude, generar las habilidades de pensamiento forense requeridas para descubrir cualquier conducta que pueda ser deshonesta, investigar cada caso con metodología forense, realizar la revisión de los procesos que permitieron el acto deshonesto, con acciones correctivas para inhibir un nuevo acto de fraude o corrupción.

Crear los espacios de interacción entre los distintos miembros de la organización para reflexionar acerca de cómo nos sentimos frente a otros que sabemos deshonestos y evitar generar necesidades inmediatas; luchar con pasión para mantener nuestros principios, evitar la tentación y hacer que las cosas sucedan pese a la incertidumbre y dificultades que se nos presentan, sin duda, puede ayudar a trascender los altos estándares de integridad.

Según estadísticas, cada segundo se escribe en el mundo 2.3 millones de emails, se envían 500 mil mensajes de WhatsApp y 3000 videos, esto me lleva a pensar que podríamos aprovechar los recursos tecnológicos para la difusión y comunicación de programas de integridad y antifraude que recuerden y refuercen los valores de la organización. Pensemos en la Ley de la Resonancia: que sea la integridad el elemento que oscile con mayor intensidad y arrastre a aquellos que oscilan con menor potencia y se sincronicen entonces hacia la justicia y la legalidad.

Cuando logremos percibir que la honestidad forma parte de nuestra cotidianeidad, que nos fortalece, recompensa y nos orilla a evitar y denunciar la injusticia, la colusión, los sobornos o una burocracia apabullante; cuando tomemos conciencia de que existen modos de vida a los que no debemos acostumbrarnos y que tenemos la fuerza para evitar que funcionarios arbitrarios que detentan el poder lo usen como ventaja para abusar de los débiles; cuando se establezcan leyes anticorrupción justas con instituciones imparciales, se implementen reglas claras, mecanismos y controles de prevención y detección, sanciones, castigos y difusión, medios para incentivar la denuncia, se promueva una cultura ética y se propague el mensaje de actuar bajo principios de integridad, hasta entonces estableceremos las bases sólidas de un programa de integridad.

Mientras esperamos pacientemente a que se generen las condiciones propicias para legislar sobre el SNA, hagamos nuestra parte. Que no nos alcance el destino.





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